
Las ganas irrefrenables de atacar la heladera durante la trasnoche tienen una explicación.
Una explicación lógica. O, mejor dicho, varias explicaciones.
Por un lado, el hambre repentina a la noche puede ser causada por comer muy pocas calorías durante el día o por haberlas elegido mal, es decir, haber optado por consumir calorías vacías: alimentos muy calóricos pero que no ayudan a saciar, como los jugos de frutas, las bebidas alcohólicas y los dulces.
Lo mejor para combatir esto es respetar un buen número de comidas diarias -ideal respetar, al menos, cuatro comidas- e ingerir alimentos ricos en fibra, verduras y proteínas, que tardan más en digerirse y mantienen la sensación del estómago lleno durante más tiempo.
Por otro lado, hay estudios que tratan la relación entre la falta de sueño y el aumento del apetito y concluyen en que dormir mal aumenta la voracidad y el sobrepeso.
Es decir que, si dormís poco o tenés insomnio, es muy factible que te surjan muchas ganas de comer a altas horas de la noche y que el hambre, incluso, quiebre tu sueño. Hay razones químicas del cuerpo que lo justifican y también lo hace el llevar una vida muy agitada. El estrés es aliado del insomnio. Y el insomnio es otro gran causante del hambre nocturna.
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