De chiquitos nos enseñaron que había que tomarse la vida en serio. Sobre todo si queríamos ser “alguien”. Dicho sea de paso, ¿qué querrían decir nuestros mayores con eso de ser “alguien en la vida”?
Sostendré estoica hasta el día de mi muerte que la edad es una cuestión de actitud. Que se puede ser joven a los 90 y viejo a los 20. La juventud se lleva en el alma: la risa, el humor y las ganas de hacer y proyectar garantizan mejores resultados en el cuerpo y la piel que la toxina botulímica. Pese a mi optimista visión del paso del tiempo hay señales inequívocas de viejachotez que se llevan a las trompadas con mi teoría atemporal. Se trata de pequeños momentos de la vida cotidiana que te enfrentan a la cruda realidad de que tus 20 años son un recuerdo muy lejano. Y los 30, también. La buena nueva es que si una es capaz de reírse de sí misma tendrà ganado el cielo más lindo: el de los jóvenes de corazón.
Estas son algunas señales de que te estás poniendo jovata:
- Te ponés el champú del perro en lugar del tuyo porque se te confunden las letritas. Diagnóstico: presbicia.
- El oculista te receta anteojos de ver de cerca. Y de ver de lejos. Y bifocales. Ni Dios permita. Empezás a averiguar todo sobre los nuevos tratamientos para la chicatez.
- Te colgás los anteojos con una correíta para no dejarlos en la heladera. Si comprás la correa de las perlitas, merecés el infierno.
- Te volvés experta en secretos caseros para sacar manchas de la ropa, pócimas de hierbas para curar la faringitis y máscaras con pastichos de palta para evitar la flojedad de la piel.
- Te ofuscás cuando te tratan de “doña” o “señora”.
- En la verdulería te encontrás diciendo cosas como: “los tomates que estén bien duritos, las peras no tan maduras y la lechuga, fresquita”. Si ya palpás y olfateás los melones o pellizcás las paltas, estás al horno.
- En el bar pedís que tu café no esté ni muy fuerte, ni muy liviano. Con espuma pero no tanto. Ni tan frío ni tan caliente…Y finalmente lo mandás de vuelta porque “está tibio”.
- Andás con veinte bolsas a cuestas. Tu cartera parece un predio del CEAMSE lleno de porquerías y un montón de cosas “por las dudas”: llaves, anteojos de lectura, lentes de sol, pañuelitos de papel, toallitas para la higiene íntima, labiales, cepillo de dientes, cepillo de pelo, peine y la lista continúa. Complementás la enorme cartera con una bolsita de cartón de las de los negocios en las que llevás papeles, el diario, la agenda, un saquito por si refresca, etc.
- Tenés “monedero”. Say no more. Señal inequívoca de viejachotismo.
- Te dirigís a conocidos y desconocidos con apelativos como “corazón”, “mamita”, “papito” y, el más tremendo, “pichona”.
- Tenés una gallina de tela en la que guardás millones de bolsas y bolsitas del super. Si les hacés un nudo, tu estado es grave.
Te reconocés en estas descripciones? No desesperes. Si te estás riendo de vos misma es porque que sos una adolescente eterna, aunque tengas 70 años. ¿Me contás en qué te viste reflejada?
Soy el sueño de cualquier gerente de marketing: tengo una adicción irrefrenable a comprar todo tipo de objetos y servicios que vengan con algún descuento incluido. No lo he tratado en terapia porque, por fortuna, mis compras suelen ser bastante “racionales”: le doy uso intensivo a todo aquello que adquiero. Hago la aclaración porque conozco cantidad de mujeres – y algunos hombres también, claro - que se sumergen en la pasión de la compra compulsiva y abarrotan sus placares con zapatos, carteras, ropa y objetos varios a los que jamás le dan uso.
Resulta que me envían el link de una entrevista que me hicieron para una revista. Estoy feliz porque salió muy linda, la periodista respetó lo que le dije y, de paso, me permite compartir con mis lectores parte de mi nuevo libro. Comparto la nota en mi Facebook y al rato encuentro el siguiente mensaje que me genera un extraño ruido: “Vale, de onda, dejate de joder y hacete nuevas fotos, siempre las mismas que aburren jajaja”. No le veo la “onda” al post y no entiendo por qué a su autor le causa tanta gracia, pero me da pie para reflexionar sobre un fenómeno que vengo observando hace tiempo, sobre todo en las redes sociales. Es que en ellas proliferan mensajes “con onda” que son como misiles. Personas que amortiguan un insulto o descalificación con un “te lo digo con onda” o su variable “te lo digo bien”, disculpándose por anticipado de la barbaridad que van a emitir.
Hace unos años conocí a un hombre que me encantó. Salimos un par de veces, hicimos esas cosas que se hacen de a dos (o de a más, pero allá cada quien con sus gustos) y la cosa quedó ahí: evidentemente él no quería más que eso. Resulta que por esos tiempos era yo terca como una mula terca y no quise entender que no había margen para una relación seria. Hice lo que nunca hay que hacer en estos casos: un planteo. El hombre de mis desvelos respondió a mi estúpido cuestionamiento con una frase que me marcó para siempre: “el problema son las expectativas”.
Habemus noticias para quienes pasan la vida hurgueteando en muros ajenos en lugar de ver cómo están las paredes de su propia vida. Muchachos/as: visitar Facebook los hace infelices. Así lo aseveran estudios de dos universidades alemanas en los que más de un tercio de los encuestados reconoció haber tenido algún sentimiento negativo después de entrar a Facebook. Ok, les doy la derecha: en el primer mundo se dan el lujo de investigar este tipo de trivialidades pero si están afectando la psiquis humana, tan livianas no han de ser, ¿no es cierto?
Hoy voy a dedicar mi post a una franja estrecha de la población. Podrán preguntarse por qué, si no es significativo el número de estos personajes, les doy entidad. Lo hago porque necesito exorcizarlos, como los demonios que son y darles cristiana sepultura. Hablo de los “tiramierda”, esos seres omnipresentes en la vida de toda comunidad, también de las virtuales. Resulta que escribís un post con la mejor de las ondas, hacés partícipe de él a tus lectores porque el debate está buenísimo y, entre tanto consenso y disenso constructivo, siempre aparece un él o una ella, el “tiramierda” de turno. No falla: siempre salta uno de esos seres oscuros, resentidos - generalmente anónimo -, cuya única función es ensuciar al prójimo sin aportar nada al diálogo. Los leo y los releo tratando de entender qué es lo que los mueve y siempre termino sin respuesta, probablemente porque nunca dejan nada constructivo como saldo.
“Se la pasa protestando, es re mala onda”
“Es divina de cara pero está gordísima”
“No para de hablar. No me la banco”
Ejemplos, los que anteceden, de algo muy habitual entre los seres humanos: el juicio sumarísimo acerca de la vida y las acciones de los otros. Con una liviandad que tiembla el bizcochuelo instantáneo, emitimos opiniones acerca de terceros, absolviéndonos de culpa y cargo, como si fuéramos perfectos.
Aunque parezca un tiro al aire, Valeria es Licenciada en Comunicación Social, Posgrado en Radio y Televisión en Inglaterra con una beca de The British Council y Traductora de Inglés.







